La agresividad sana como base para el logro de la independencia

La energía agresiva es una energía natural. Marte es el significador astrológico más obvio de la agresividad, y todos nacemos con Marte en uno u otro lugar de la carta natal. Es decir, todos nacemos con impulsos agresivos innatos. En este artículo me propongo explorar tanto los aspectos positivos como los negativos de la agresividad, en cuanto se relacionan con la carta astrológica.

La agresividad sana es necesaria para no sucumbir ante quienes quieran dominarnos o sobreprotegernos. Es probable que todos conozcan la historia de Hansel y Gretel, pero no sé si se habrán preguntado cuál puede ser su significado psicológico. En el cuento de hadas la madre abandona a los niños en el bosque porque no puede hacerse cargo de ellos: no puede atender adecuadamente sus necesidades. Entonces, Hansel y Gretel encuentran a la bruja de la casa de pan de jengibre. La bruja es quien lo tiene todo, todas las cosas buenas. Y, sin embargo, es quien más amenaza con destruirlos. Quien los obliga a defenderse solos en el mundo es la madre, no la bruja. ¿Qué significa esto? Significa que si alguien está siempre cuidándonos, dándonos todo lo que queremos , tomando decisiones por nosotros y diciéndonos continuamente lo que tenemos que hacer, no nos deja crecer. Así nunca se llega a ser una persona por derecho propio. Para combatir esta situación y hacer valer nuestra propia individualidad necesitamos a Marte.

Los mitos y los cuentos de hadas de diversas culturas describen diferentes versiones de la figura de la bruja que se come a los niños. De bebés, todos hemos estado a merced de una figura femenina que ejerce sobre nosotros un poder absoluto, y que en ocasiones puede volverse sumamente destructiva y negativa. En La Caperucita Roja, por ejemplo, la abuela afectuosa y buena se “convierte” en el lobo que devora. La persona que más solícita se muestra con nosotros es la que más puede amenazar nuestra evolución, y por consiguiente, la que puede “devorarnos”.

Al comienzo, mamá es para nosotros el mundo entero y estamos totalmente identificados con ella. Originariamente, somos uno con su cuerpo, e incluso después de nacer, nuestra supervivencia depende de ella, (los seres humanos nacemos muy inacabados, y en comparación con los demás mamíferos, debemos pasar un tiempo más largo supeditados a la madre y a la familia… una situación que algunos jamás llegan a superar del todo.) La madre (o el padre) que durante mucho tiempo se muestra posesiva con su hijo y lo sobreprotege le impide evolucionar, convertirse en una persona independiente: cuida hasta tal punto del niño que éste jamás llega a tener su propia fuerza individual ni una identidad propia.

Pero aquí no son sólo los padres quienes se equivocan. Hay una tendencia interior a permanecer bajo la protección parental y a no crecer jamás. Puede suceder que nosotros mismos no aceptemos esa forma de nacimiento que es salir de la matriz parental o cortar el cordón umbilical psicológico. Es probable que una parte de nuestra propia naturaleza quiera contar siempre con alguien que sea grande y fuerte. La Luna, Venus y Neptuno apuntan a partes de nosotros que quieren perderse en otra persona, relejándose, fundiéndose, mezclándose y dejándose tragar por alguien o por algo mayor que nosotros. Necesitamos a Marte para contrarrestar estas tendencias lunares, venusinas y neptunianas. Si Marte está en un aspecto difícil con alguno de de estos tres planetas, tenemos un dilema entre estas tendencias contrapuestas, entre la parte de nosotros mismos que quiere ser independiente y la parte que no lo desea en absoluto.

Luego hablaremos de los diversos aspectos de Marte, pero pensémoslo ahora un momento. La Luna representa la necesidad de mantenerse en una situación regresiva, en una fusión con la madre de una estructura casi uterina. EL Sol y Marte, sin embargo, son principios que se hacen valer más; representan la necesidad de distinguirse uno mismo como ser separado e independientemente por derecho propio. Marte es una especie de secuaz del Sol. El principio solar nos define como identidades diferenciadas y conscientes, y después viene Marte a hacer lo necesario para afirmarlo, para que precisemos y demostremos nuestra individualidad. Cuando Marte está en conflicto con la Luna, se produce un dilema entre la parte de nosotros mismos que quiere que crezcamos para afirmarnos e independizarnos (Marte), y la que quiere que sigamos estando fundidos con lo que ya conocemos (la Luna). Hay una tensión entre la necesidad de explorar y crecer y la necesidad de seguridad y certeza.

La agresividad entre madre e hijo es inevitable. Nacemos como víctimas potenciales: desvalidos hasta el punto de que si no hubiera nadie que nos cuidase, moriríamos. Necesitamos a mamá para sobrevivir. Que nos sintamos felices o tristes, satisfechos o con hambre, cómodos o incómodos, depende de la madre, o de quien la sustituya. El hecho de que nuestro bienestar y nuestra supervivencia dependan de ella hace que la amemos y, al mismo tiempo, la odiemos. La amamos cuando interpreta bien nuestras necesidades y las satisface; la odiamos cuando mete la pata, como invariablemente le sucederá alguna vez. 

Pero la agresividad entre madre e hijo no se limita a surgir porque nuestras necesidades se vean frustradas a la hora de mamar o ella no nos tome en brazos cuando queremos. La agresividad no es solamente el resultado de la frustración: sirve también a un propósito positivo. En el desarrollo infantil, la agresividad se convierte en un impulso hacia la separación y la independencia. Marte fomenta nuestro deseo de liberarnos del dominio materno para poder desarrollarnos como es nuestro derecho. Winnicott, especialista en psicología infantil, escribió una vez: “en su origen, agresividad y actividad son términos casi sinónimos.” Aprender a gatear, y después a caminar, es una especie de germen de autoafirmación, y el primer paso que damos hacia la separación de la madre. Durante un tiempo, aún seguimos corriendo a sus brazos a la menor dificultad, pero si hemos de convertirnos en adultos por derecho propio, debemos ir superando gradualmente nuestra dependencia de esa figura protectora. Esto se logra demostrando al mundo que somos capaces de dominar el medio en la medida suficiente para satisfacer nuestras necesidades. Y esto en Marte es la clave; es la fuerza que desde dentro de nosotros nos obliga a dominar las cosas.

Efectivamente no tenemos que separarnos y distinguirnos solo de la madre, sino también del padre. En los mitos y en los cuentos de hadas encontramos figuras paternas gigantescas y autoritarias, que logran la sumisión de los niños mediante el miedo. El niño –o la niña- tiene que luchar también con el padre para alcanzar su individualidad. Sigfrido tiene que romper la espada de Wotan para llegar a convertirse en el héroe. En la película El retorno del Jedi, Luke Skywalker tiene que destruir el lado oscuro del padre para llegar a  ser el héroe. En los mitos heroicos hay un tema típico: el héroe es el niño que al comienzo es el miembro menos privilegiado de la familia, o el más ridiculizado. En cierto sentido, al empezar a vivir todos somos la persona más desvalida de la familia, y por lo tanto, la más agresiva potencialmente, porque son lo más desvalidos y los más pequeños quienes más necesitan hacerse valer. El héroe debe matar a los monstruos (los padres) y emprender misiones peligrosas y azarosas búsquedas para demostrar su fuerza y su valor en tanto que individuos. Los aspectos difíciles entre el Sol y Marte (y también entre el Sol y Urano) pueden aludir a la lucha con el padre para poder llegar a ser persona por derecho propio.