El Marte romano

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En una entrada anterior, hemos hablado de Ares, el dios griego de la guerra, y el concepto que tenían los griegos de esta deidad mitológica. Comparemos ahora la naturaleza de Ares griego con la de su equivalente romano, Marte. Es interesante señalar que en la mitología romana el culto de Marte era más importante que el de Júpiter. Dicho de otra manera, en el panteón romano, Marte ocupaba una posición superior a la de Júpiter, lo inverso de lo que sucedía en la mitología griega con Ares y Zeus. Se creía, además, que Marte había sido el padre de Rómulo, el fundador de Roma, y de Remo, su hermano gemelo. En este sentido, el dios romano representa uno de los principios sobre los cuales se cimentó la República.

Los romanos pensaban que en Marte había algo más positivo que la mera expresión de una furia ciega, explosiva e indiscriminada.  Se lo adoraba también como dios de la agricultura, y se lo representa con frecuencia apacentando sus vacas en el campo muy satisfecho. Además, era el dios de la primavera y de la vegetación y estaba asociado con la fertilidad, con el crecimiento y con el devenir.

No hay acuerdo sobre el origen de su nombre, pero es probable que venga de la raíz mas, que significa “fuerza generativa” o  de la raíz mar, que significa “resplandecer”. Se le llamaba también Mars Gradivus, de la palabra grandiri, que significa “agrandarse” y “crecer”. Compárense estas connotaciones con las de la raíz griega de Ares que quería decir simplemente “verse arrastrado” o “destruir”.

Temor y Terror eran los escuderos griegos de Ares, pero el Marte romano tenía dos acompañantes muy distintos: Honos  (honor) y Virtus (virtud). El Marte romano iba acompañado por el honor y la virtud. Es honorable defender el propio terreno, valorar lo que uno es y convertirse en aquello que uno está destinado a ser. Es virtuoso cumplir el propio destino. Los romanos creían que su destino y finalidad era gobernar el mundo y llegar a imponer su derecho. Para ellos, hacerse valer era honorable y virtuoso: significaba ser  fiel a lo que ellos creían que era su destino. Negativamente, por cierto, al Marte romano se lo podía usar para justificar que se le cortara la cabeza a un enemigo si éste se oponía a la finalidad romana. Pero más positivamente, para los romanos el principio de Marte significaba defender su identidad y tener el valor de cultivar y honrar su propia y auténtica naturaleza.

De modo que ya se ve de qué diferentes maneras se puede entender la naturaleza de Marte, es decir, la cualidad paradójica de este planeta, que puede apuntar a una agresividad ciega y destructiva (el Ares griego), o manifestarse como una manera de afirmar nuestra existencia individual de ser fieles a lo que de forma innata somos (el Marte romano). A veces los dos factores pueden combinarse. Por ejemplo, un adolescente que se rebela contra sus padres puede hacerlo de manera muy odiosa y desagradable. Aunque esté manifestando un impulso positivo hacia la autonomía y la independencia, es probable que lo haga de manera desconsiderada o destructiva.