Ares, un dios agresivo

Ares es el dios mitológico griego de la guerra, asociado a marte.

En la mitología griega se llama Ares al dios de la guerra. Los griegos  no sólo tenían una idea muy pobre del poderoso Ares, sino que de hecho lo odiaban. Se le consideraba con una mezcla de sentimientos de piedad, terror y escarnio, y su papel era muy limitado: era el dios de la guerra y de ahí no pasaba. Como se lo equiparaba con el coraje ciego, la furia asesina y la matanza, su imagen era la de u fanfarrón y un bruto. Y sin embargo, pese a su violencia y su sed de sangre, generalmente los griegos lo representaban como el perdedor en la mayoría de los combates que libraba, y de los cuales salía cojeando, derrotado y humillado. El pobre Ares anda continuamente enredándose en sus propios pies e interponiéndose en su propio camino. Si los griegos hubieran hablado yiddish, habrían dicho que Ares era un klutz, es decir, un tonto torpón a quien siempre se le andan cayendo las cosas o que se derrama la sopa encima, como algunos personajes de series cómicas de televisión.

Zeus, que en la mitología griega es el dios a quien más homenaje se rinde, aborrecía a Ares. He aquí el juicio que le atribuye Homero, en la Ilíada, en lo referente al dios de la guerra:

De todos los dioses que moran en el Olimpo, para mí tú eres el más odioso. Porque de nada disfrutas a no ser de las reyertas, la guerra y las batallas. Tienes la disposición obstinada e inmanejable de tu madre, Hera, a quien apenas si llego a controlar con mis palabras.

Zeus es el equivalente del Júpiter romano, y la cita que antecede puede ser entendida como lo que dice el principio jupiteriano cuando se dirige al principio marciano. Normalmente consideramos que Júpiter y Marte son bastante compatibles: Júpiter es el regente de Sagitario, y Marte el de Aries, y ambos signos pertenecen a la trinidad del fuego. Y sin embargo, en cierto nivel Júpiter desprecia la naturaleza tosca e impulsiva de Marte, y hace escarnio de ella. Júpiter representa el principio del logos, de la mente: es un aportador de luz. Júpiter ve una imagen más amplia, y de acuerdo con esa visión expandida, actúa. En cambio, Marte, centrado en sí mismo, se precipita a actuar por impulso en vez de hacerlo desde una posición de conciencia amplia y esclarecida. Júpiter tiene una visión, un ideal de cómo se debe ser o se debe actuar, y procura conducirse de acuerdo con esa visión. En cambio, Marte actúa espontáneamente y sin pensárselo demasiado.

En la mitología griega, Ares tenía dos escuderos que lo acompañaban en las batallas o dondequiera que fuese. Uno era Decimos (Temor) y el otro Fobos (Terror) y a las lunas de Marte se les han dado esos nombres. Ares iba acompañado además por Éride (Discordia) y Enio (Destrucción) y por las Ceres, que se gozaban en beber la negra sangre de los moribundos… lo que se dice un séquito alegre. Estas son las asociaciones griegas con el principio de Marte.

Vale la pena comparar a Ares con su hermana Atenea. Ambos están atrapados en una especie de arquetípica rivalidad entre hermanos. Atenea es más bien un principio de Libra; representa la inteligencia serena y es, probablemente, el vástago favorito de Zeus. Según la leyenda, Atenea nace, ya adulta, de la cabeza de Zeus. Hera se enfurece tanto al saber que Zeus ha tenido una hija sin ella, que se las arregla para a su vez tener a Ares sin su intervención. Es decir, que Ares es hijo de la venganza y el desquite; es el producto de la cólera acumulada en el cuerpo de Hera. Se lo puede equiparar con la furia que almacenamos en nuestro cuerpo, y que de cuando en cuando hace erupción de forma incontrolable. He observado esta dinámica en las cartas de personas nacidas con Marte en algún aspecto difícil con la Luna. El cuerpo reacciona instintivamente ante una amenaza, y de esta movilización resulta una reacción colérica y defensiva. Una reacción así es como un estallido que brota antes de que uno pueda controlarlo. Según narra Homero en la Ilíada, Ares, capturado por dos mortales, pasa trece meses encerrado en una botella, de modo similar a como a veces “embotellamos” nuestra energía marciana. Ya pueden ustedes imaginarse cómo se sentía cuando finalmente lo liberaron.

Ares y Atenea se peleaban muchísimo. Según un relato, el apasionado y violento Ares, hecho una furia, se abalanzó una vez a luchar con ella, que estaba cómodamente reclinada leyendo un libro, o tal vez arreglándose las uñas. Cuando Ares se le viene encima, ella se limita a mirarlo, se inclina a recoger una piedra de buen tamaño y le da un golpe con ella. Después sigue con lo que estaba haciendo. Aturdido, Ares se desploma en el suelo, de espaldas, pataleando en el aire y berreando como un monstruoso bebé: ocupa un espacio de unos trescientos metros cuadrados y vocifera como diez mil hombres. Ya se ve que el tipo de enojo que los griegos asociaban con Ares era muy poco mesurado, y rara vez puede uno hacer algo por controlar una furia tan desaforada. Es el tipo de cólera que sentimos cuando estamos tan furiosos que la ira es una vibración casi capaz de aniquilarnos, cuando gritamos chillamos y estallamos, sin conseguir más que hacer el ridículo e, invariablemente, salir perdiendo.

Aparte de todas estas desventuras, Ares tampoco tenía mucha suerte en el amor. Quizá conozcan ustedes la historia de Ares y Afrodita. Afrodita, la más bella de todas las diosas, estaba casada con Hefesto, de todos los dioses, el más feo. Cada vez que se daba la ocasión, Ares se insinuaba a Afrodita y trataba de seducirla. Helio, el dios solar, que todo lo ve, advirtió a Hefesto que Ares y Afrodita estaban pensando en traicionarle, de modo que Hefesto ideó un plan para atraparlos. Empezó por tejer una finísima red de hilos metálicos, casi invisibles, y la colgó sobre el diván de Afrodita. Después anunció que tenía que partir de viaje. Tan pronto como supuso que Hefesto se había ido, entró en escena Ares dispuesto a aprovechar la situación. Cuando Ares y Afrodita, en el diván, empiezan a llegar a lo más substancioso, Hefesto suelta la red y atrapa a los dos, por así decirlo, con las manos en la masa. Pero, además, Hefesto ha invitado a los otros dioses a ver el número, y todos se ríen un buen rato a expensas de Ares. Una vez más, el poderoso dios de la guerra termina haciendo el tonto. En realidad, es muy fácil ser más listo que el Ares griego. Es que, simplemente, no es muy sutil; es tan fácil ver qué es lo que se propone, que cualquiera con un mínimo de rapidez puede darle vuelta y media.

La raíz griega del nombre Ares se deriva de una palabra que significa “verse arrastrado” o “destruir” y realmente esta es la naturaleza de Ares: se deja arrastrar y es muy destructivo. Roberto Assagioli, el fundador de la psicosíntesis, definió en su momento la agresividad de manera similar a este aspecto de la naturaleza de Ares. 

La agresividad es un impulso ciego hacia la autoafirmación, hacia la expresión de todos los elementos del propio ser, sin la menor opción ni discriminación, sin ninguna preocupación por las consecuencias, sin consideración alguna por los otros.

Como Marte es capaz de expresarse en el estilo de Ares, vale la pena que nos fijemos mejor en esta definición. Assagioli dice que la agresividad es  “un impulso ciego hacia la autoafirmación”. Es decir, que aunque sea ciega, en la agresividad hay un elemento de afirmación de nosotros mismos. Dice que es también un impulso hacia “la expresión de todos los elementos del propio ser”: de otra manera, es indiferenciada e incontrolada; simultáneamente, pone en juego el cuerpo, los sentimientos y la mente. Actúa “sin la menor opción o discriminación”, es decir, que no tiene el menor sentido de la oportunidad, el lugar o la medida. Puede suceder en un restaurante o mientras estamos en el teatro, independientemente de que el momento o el lugar sean los adecuados. Se produce “sin ninguna preocupación por las consecuencias”: cuando esta cólera aflora, no hay sentido de la proporción ni inquietud por el daño que se puede hacer a otros. Y al estallar “sin consideración alguna por los otros”, se puede desencadenar sobre amigos o seres queridos que en otros momentos han sido leales, bondadosos y serviciales.